El análisis profundo de *La clase de danza* revela la posición singular de Degas dentro del movimiento impresionista. A diferencia de sus contemporáneos que preferían el plein air, Degas era el observador de los espacios cerrados y la luz artificial. El estilo aquí está marcado por un realismo frío, casi clínico, que se niega a idealizar a sus sujetos. No pinta musas, sino trabajadoras del espectáculo, cuyos cuerpos son herramientas de trabajo, a menudo deformados por el ejercicio incesante.
El contexto histórico es el de la Ópera de la calle Le Peletier, poco antes de su destrucción por un incendio en 1873. Esta obra es, por tanto, un archivo visual de un lugar desaparecido. Degas retrata una microsociedad jerarquizada: en el centro, Jules Perrot encarna la autoridad de una época pasada, mientras que las "petits rats" y sus madres, sentadas al fondo, ilustran los desafíos sociales de la época. Para estas jóvenes de origen humilde, la danza era el único vector de ascenso social.
La técnica de Degas es revolucionaria por su uso del encuadre fotográfico. Influenciado por los grabados japoneses, utiliza una perspectiva picada y descentrada que "corta" las figuras en los bordes del cuadro. Este método crea una impresión de inmediatez y espontaneidad, aunque el cuadro es fruto de un laborioso trabajo de composición en el estudio. La paleta, dominada por los blancos vaporosos de los tules y los ocres cálidos del parqué, está puntuada por los toques vivos de cintas de colores.
Psicológicamente, la obra es un estudio sobre el aburrimiento y el agotamiento. La tensión dramática no proviene de una acción central, sino de la multiplicidad de microeventos. El contraste entre la rigidez del maestro y el relajamiento de las alumnas subraya la dualidad de la danza: un arte de la gracia construido sobre una disciplina de hierro. Degas capta "el momento entre dos poses", donde cae la máscara, ofreciendo una visión de la condición humana a través del esfuerzo físico.