Romanticismo1827
La muerte de Sardanápalo
Eugène Delacroix
El ojo del conservador
"Sardanápalo, impasible en su lecho de muerte, contempla la masacre de sus mujeres, sus caballos y la destrucción de sus tesoros en un diluvio de colores rojos y sombras dramáticas."
Manifiesto deslumbrante del Romanticismo, esta obra de Eugène Delacroix retrata la apoteosis trágica y orgiástica de un rey asirio que rechaza la derrota.
Análisis
La muerte de Sardanápalo, presentada en el Salón de 1827, constituye el acta de nacimiento radical del Romanticismo pictórico. Delacroix se inspira en el poema de Lord Byron, aunque se distancia de él mediante un exceso de violencia y erotismo. La historia nos sumerge en la caída de Nínive: el rey Sardanápalo, sitiado por los insurgentes y rechazando la humillación de la captura, ordena la destrucción de todo lo que le ha dado placer. No es solo un suicidio; es un holocausto estético en el que el monarca se erige en director de su propio fin, transformando su palacio en una inmensa pira funeraria.
En el plano estilístico, Delacroix rompe definitivamente con la claridad neoclásica de la escuela de David. Aquí, la línea se desvanece en favor del color y del toque vibrante. El rojo omnipresente no es simplemente un color, sino un vector de pura emoción, que simboliza a la vez la sangre derramada, la pasión destructora y el fuego purificador. El tratamiento de las carnes, entre la palidez de las víctimas y la robustez de los verdugos, testimonia un estudio profundo de Rubens, pero con una ferocidad propiamente romántica. La obra chocó a sus contemporáneos por su falta de un mensaje moral claro, privilegiando el impacto visual y la desmesura.
El contexto mitológico e histórico es el de un Oriente soñado y fantaseado, típico del orientalismo del siglo XIX. Sardanápalo es la figura del antihéroe por excelencia: indolente, cruel, pero dotado de una dignidad trágica en su rechazo del mundo real. El cuadro captura el instante en que el orden se desploma en el caos. Cada detalle, desde las joyas esparcidas hasta las telas sedosas, cuenta el fin de una edad de oro. Delacroix usa esta tragedia antigua para expresar el "mal de vivre" de su propia generación, aquella que, tras la epopeya napoleónica, se encuentra ante un vacío existencial que solo la intensidad del arte puede llenar.
Técnicamente, la obra es una revolución. Delacroix emplea veladuras superpuestas y toques de pintura pura que crean un centelleo casi insoportable bajo la luz. La psicología de la obra reside en el contraste entre la agitación convulsiva de los cuerpos en la periferia y la calma olímpica, casi aburrida, del rey en el centro. Este desapego soberano ante el horror absoluto define el "dandismo" trágico de Sardanápalo. El espectador es atrapado por este vórtice de violencia, incapaz de apartar la mirada de esta belleza convulsiva que ya anuncia las transformaciones de la pintura moderna.
Uno de los secretos más fascinantes reside en la recepción inicial catastrófica del cuadro. Delacroix fue casi vetado de los encargos oficiales tras 1827, y la crítica calificó la obra de "purgatorio para los ojos". Análisis radiográficos recientes han revelado que Delacroix agrandó considerablemente el tamaño del lecho durante la creación, para acentuar el efecto de una "ola" de cuerpos que se derrama hacia el espectador. Esta modificación estructural buscaba hacer el espacio aún más claustrofóbico y opresivo, a pesar de las dimensiones monumentales del lienzo.
Otro misterio concierne a las influencias ocultas. Aunque se cita la influencia de Byron, Delacroix integró elementos de miniaturas persas y relatos de viajeros de la época para los detalles de los arneses y las joyas. El personaje del oficial a la derecha, listo para dar el golpe de gracia, está directamente inspirado en un estudio de modelo indio que Delacroix había realizado en Londres. El artista buscaba una "verdad del exotismo" que superara la simple documentación histórica para alcanzar una verdad emocional universal.
Científicamente, la restauración del cuadro ha puesto de manifiesto el uso audaz de pigmentos entonces nuevos, como ciertos rojos de cromo, que permitieron este brillo incendiario. Delacroix también jugó con la textura del lienzo, dejando ciertas zonas en reserva para que el grano del tejido participe en el efecto de vibración luminosa. Esta técnica prefigura el impresionismo en su voluntad de capturar la atmósfera en lugar de la forma bruta. Las "sombras coloreadas" observadas en el cuerpo de la mujer en primer plano fueron una innovación importante para la época.
Finalmente, una anécdota cuenta que Delacroix habría pintado esta obra en un estado de exaltación frenética, encerrándose durante meses. Habría declarado: "Si no hago lo mejor que puedo por este cuadro, me corto la garganta". Esta identificación del artista con su sujeto es total: el pintor es también un déspota que sacrifica todo a su visión. El cuadro contiene una "mise en abyme" de la creación artística: como Sardanápalo, Delacroix destruye las convenciones para reinar sobre un mundo de pura imaginación.
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¿Qué hace Sardanápalo mientras destruyen sus posesiones y a su pueblo?
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