Surrealismo1964
El hijo del hombre
René Magritte
El ojo del conservador
"Un hombre con bombín de pie ante un murete, con el rostro casi totalmente oculto por una manzana verde flotante, sobre un fondo de mar y cielo nublado."
Icono absoluto del surrealismo belga, esta obra interroga la dualidad entre lo que se muestra y lo que se oculta, utilizando el absurdo para revelar una verdad psicológica universal.
Análisis
Pintado en 1964, "El hijo del hombre" fue concebido inicialmente como un autorretrato, pero rápidamente trascendió la individualidad para convertirse en un estudio sobre el anonimato de la condición humana moderna. Magritte utiliza aquí el uniforme de la burguesía —el traje oscuro y el bombín— no para celebrar ese orden, sino para subvertirlo. En el contexto histórico de la posguerra, esta figura representa al hombre común, intercambiable, perdido en una existencia burocrática y normalizada. El estilo, deliberadamente neutro y desprovisto de adornos expresivos, refuerza la sensación de extrañeza mediante su realismo banal.
El contexto mitológico de la obra está intrínsecamente ligado al título, que hace referencia directa a la figura bíblica de Cristo. Sin embargo, Magritte opera un desplazamiento iconoclasta: el "Hijo del hombre" ya no es el redentor divino, sino el hombre contemporáneo abrumado por sus propios enigmas. La manzana, símbolo universal del conocimiento, de la caída y del pecado original en el jardín del Edén, viene aquí a ocultar la visión. Ya no representa solo la tentación, sino que se convierte en un obstáculo físico para la comprensión del otro, sugiriendo que el saber o los prejuicios nos impiden ver la realidad del individuo.
En el plano técnico, Magritte emplea una factura lisa, casi artesanal, que busca borrar la mano del artista en favor de la imagen misma. La precisión de los contornos y la claridad de la luz crean una atmósfera de "realismo mágico". El tratamiento de la manzana, con sus reflejos cuidados y su tono verde ácido, contrasta con los tonos sordos del traje. Esta técnica permite crear un espacio donde lo imposible (una manzana flotando en el aire) parece perfectamente plausible, forzando al espectador a aceptar el absurdo como un componente intrínseco de la realidad física.
Psicológicamente, la obra explora el sentimiento de frustración inherente a la percepción. El propio Magritte explicaba que todo lo que vemos oculta otra cosa, y que siempre experimentamos el deseo de ver lo que está oculto por lo que vemos. La ocultación del rostro por la manzana crea una inquietud: el ojo izquierdo que asoma ligeramente invita a un contacto visual imposible, instaurando un diálogo roto entre el sujeto y el observador. Es una reflexión sobre la identidad fragmentada y sobre la imposibilidad de conocer verdaderamente la esencia de un ser humano detrás de las máscaras sociales.
Un secreto a menudo ignorado reside en los detalles anatómicos de la figura: si se observa atentamente, el brazo izquierdo del personaje parece doblado hacia atrás a la altura del codo, una torsión físicamente imposible que acentúa la naturaleza surrealista e inquietante de la escena. Además, análisis de rayos X en otras versiones de temas similares han mostrado que Magritte a veces pintaba con una economía de medios sorprendente, reutilizando lienzos o simplificando los fondos para que la idea primara sobre la materia.
La anécdota del encargo también es reveladora: la obra fue realizada a petición de Harry Torczyner, amigo y asesor jurídico de Magritte. Torczyner deseaba un autorretrato, pero Magritte sentía una gran dificultad para pintarse de manera convencional. La introducción de la manzana fue su solución para respetar el encargo preservando su rechazo a la representación psicológica tradicional. Es, por tanto, un autorretrato que niega el "yo", una paradoja típicamente magrittiana.
Finalmente, la propia manzana contiene un misterio óptico. Aunque parece flotar ante el rostro, no proyecta ninguna sombra sobre la piel o el sombrero, desafiando las leyes de la óptica clásica. Esta elección deliberada refuerza la idea de que la manzana no es un objeto físico colocado allí por azar, sino una proyección mental o una manifestación de lo invisible. Simboliza lo que Magritte llamaba el "misterio", una fuerza que no puede ser explicada pero sí experimentada a través de la contemplación de la imagen.
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