Neoclasicismo1805-1807
La coronación de Napoleón
Jacques-Louis David
El ojo del conservador
"Napoleón de pie, con los brazos en alto sosteniendo la corona sobre Josefina arrodillada, bajo la mirada del Papa Pío VII y una corte imperial congelada en la pompa de Notre-Dame."
Monumental puesta en escena de la coronación imperial, este cuadro es el manifiesto del estilo Imperio, mezclando realismo documental y glorificación ideológica al servicio del poder napoleónico.
Análisis
Pintado entre 1805 y 1807, "La consagración de Napoleón" es una obra de propaganda sin precedentes. David, convertido en "Primer Pintor del Emperador", debe inmortalizar la ceremonia del 2 de diciembre de 1804 en Notre-Dame de París. El contexto histórico es el de la legitimación de una nueva dinastía: Napoleón, general de la Revolución, se convierte en Emperador de los franceses. La obra no se limita a relatar los hechos; los reinventa para construir el mito imperial. David abandona el neoclasicismo austero de "El juramento de los Horacios" por una estética más barroca y fastuosa, inspirada en Rubens, para traducir el esplendor del Imperio.
La explicación histórica y mitológica del cuadro se basa en la transferencia de sacralidad. A diferencia de los reyes de Francia consagrados en Reims, Napoleón se consagra a sí mismo en París, marcando su independencia de la Iglesia. Sin embargo, David elige pintar la coronación de Josefina, un gesto más gracioso y menos polémico que la autocoronación del Emperador. Esta elección transforma un acto de desafío político en un gesto de protección y piedad familiar, suavizando la imagen del conquistador mientras afirma su autoridad suprema. El Papa Pío VII, reducido a un papel de espectador bendiciendo, simboliza la sumisión de lo espiritual a lo temporal.
Técnicamente, el cuadro es una proeza de gestión de multitudes y texturas. David tuvo que organizar más de 150 retratos individuales, cada uno tratado con una precisión psicológica notable. La luz, que viene de la izquierda, no se limita a iluminar la escena; jerarquiza a los personajes, situando a la pareja imperial en un resplandor casi divino. El uso de los rojos carmín, los oros y los blancos satinados crea una riqueza cromática que satura el espacio. El toque de David se ha suavizado respecto a sus obras revolucionarias, privilegiando aquí la suavidad de las telas y el brillo de las joyas para halagar el ojo del soberano.
La psicología de la obra reside en el contraste entre el fasto material y la frialdad de las relaciones de poder. Cada mirada, cada colocación está calculada para reflejar la jerarquía de la nueva corte. Napoleón es representado como un ser de voluntad pura, mientras que Josefina, aunque en posición de sumisión, encarna la gracia necesaria para la legitimidad del régimen. El malestar silencioso de algunos miembros de la familia Bonaparte, reacios a esta consagración, es sugerido sutilmente por David a través de expresiones tensas. La obra funciona como un espejo de la ambición humana, donde el teatro del poder reemplaza el fervor religioso.
Un secreto mayor revelado por los análisis científicos se refiere a los numerosos "arrepentimientos" de David. Originalmente, Napoleón estaba representado coronándose a sí mismo, pero el artista juzgó el gesto como demasiado arrogante y modificó el lienzo para pintar la coronación de Josefina. Rastros de esta primera versión son aún visibles bajo las capas de pintura. Otro misterio reside en la presencia de "Letizia Bonaparte", la madre del Emperador, en el centro de la tribuna. En realidad, estuvo ausente de la ceremonia porque desaprobaba la consagración, pero Napoleón exigió a David que la insertara para dar una imagen de unidad familiar.
David se representó a sí mismo en la tribuna superior, esbozando la escena, lo que subraya su papel de testigo histórico y director. Análisis recientes por imagen infrarroja han mostrado que las columnas de Notre-Dame fueron simplificadas para no sobrecargar visualmente la escena y dejar todo el espacio para la acción central. Finalmente, existe una segunda versión de este cuadro, pintada por David durante su exilio en Bruselas, donde las damas de honor de Josefina llevan vestidos de colores ligeramente diferentes, ilustrando la nostalgia del pintor por este período de gloria desaparecida.
Además, se sabe que David utilizó modelos a escala y muñecos vestidos con telas reales para estudiar la caída de los pliegues y el reflejo de la luz sobre el terciopelo, lo que explica la precisión casi fotográfica de las vestiduras imperiales.
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