Clasicismo1632
El juicio de Paris
Pedro Pablo Rubens
El ojo del conservador
"Paris, asistido por Mercurio, debe elegir a la más bella entre Hera, Atenea y Afrodita; esta última es recompensada con la manzana de oro, desencadenando así la guerra de Troya."
Apoteosis del barroco flamenco, esta obra de madurez celebra la belleza femenina y el dilema trágico de la elección humana frente a lo divino, orquestada por Rubens con una virtuosidad cromática inigualable.
Análisis
Pintado hacia 1636, "El juicio de Paris" representa la culminación de la reflexión de Rubens sobre el desnudo femenino y la mitología clásica. En el contexto histórico del siglo XVII, Rubens actúa no solo como pintor sino también como diplomático de alto rango, imbuido de una cultura neoestoica. Esta obra fue encargada por el Cardenal-Infante Fernando para Felipe IV de España, subrayando la importancia de la pintura como herramienta de prestigio real. El estilo de Rubens está aquí en su paroxismo: un toque libre, carnaciones vibrantes y una capacidad única para infundir movimiento en la inmovilidad del lienzo, marcando una ruptura con el rigor académico del inicio de su carrera.
El contexto mitológico se enraíza en las primicias de la Guerra de Troya. Eris, diosa de la Discordia, al no haber sido invitada a las bodas de Peleo y Tetis, lanza una manzana de oro con la inscripción "para la más bella". Zeus, negándose a decidir entre su esposa Hera y sus hijas Atenea y Afrodita, encarga a Mercurio llevar a las diosas ante Paris, príncipe troyano entonces pastor. El mito explora la vulnerabilidad humana frente a las promesas divinas: Hera ofrece el poder, Atenea la gloria militar y Afrodita el amor de la mujer más bella del mundo, Elena. Paris elige a Afrodita, sellando con este gesto un destino trágico para su pueblo.
Técnicamente, Rubens utiliza una preparación clara que permite a la luz atravesar las capas de veladura, dando a los cuerpos una luminosidad interna casi sobrenatural. El tratamiento de las carnes es revolucionario: Rubens mezcla azules, rojos y ocres para simular la circulación sanguínea bajo la epidermis. Las telas, especialmente el manto rojo de Paris y las sedas de las diosas, están representadas con una impetuosidad que prefigura el rococó. El artista domina perfectamente el "colorito" veneciano, manteniendo una solidez anatómica flamenca, creando un diálogo entre la tradición nórdica y la influencia de Tiziano.
Psicológicamente, la obra es un teatro de la vacilación y la seducción. Paris está representado en una pose de contemplación activa, su mirada fija en Afrodita, mientras que Mercurio, el mensajero, observa con una curiosidad casi irónica. La tensión reside en el contraste entre la serenidad del paisaje bucólico y la gravedad de las futuras consecuencias de la elección. Las diosas no son simples estatuas; poseen una humanidad vibrante, cada una expresando su naturaleza: la majestad desdeñosa de Hera (acompañada de su pavo real), la sabiduría armada de Atenea y la sensualidad triunfante de Afrodita, siendo esta última el retrato de la segunda esposa de Rubens, Hélène Fourment.
Uno de los secretos más íntimos de este lienzo es la identificación de los modelos. Afrodita es sin duda Hélène Fourment, la joven esposa de Rubens, quien se convirtió en su musa absoluta. Análisis científicos recientes por radiografía revelaron que Rubens había pintado inicialmente a las diosas en posiciones más pudorosas. Durante la creación, modificó las posturas para acentuar la torsión de los cuerpos ("contrapposto"), haciendo la escena más dinámica y sensual. También se descubrió que el paisaje del fondo, aunque típico de Brabante, contiene elementos botánicos precisos que no estaban presentes en sus versiones anteriores del mismo sujeto.
Un misterio rodea también la reacción de la corte de España. Se cuenta que el rey Felipe IV estaba tan prendado de la sensualidad del cuadro que lo guardaba en sus aposentos privados, lejos de los ojos de la Inquisición. Sin embargo, tras la muerte de Rubens, algunos consejeros reales juzgaron los desnudos demasiado provocativos y sugirieron quemarlos o cubrirlos. Afortunadamente, el prestigio del artista y la pasión del rey por el arte salvaron la obra de la censura. El análisis de los pigmentos también reveló el uso intensivo del ultramar natural, uno de los pigmentos más caros del siglo XVII, confirmando el presupuesto ilimitado para este encargo real.
Finalmente, una curiosidad simbólica reside en la figura de Alecto, una de las Furias, agazapada en las nubes negras sobre las diosas. Es el presagio de la guerra y la destrucción. Su presencia, a menudo ignorada a primera vista, transforma esta escena de belleza en una advertencia moral sobre los peligros de las pasiones desatadas. Es esta dualidad —la celebración de la vida y la certeza de la muerte— lo que hace de Rubens un maestro del drama barroco.
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