Clasicismo1660
El Otoño
Nicolas Poussin
El ojo del conservador
"El racimo de uvas gigante transportado por los dos exploradores de Israel (Josué y Caleb), prefigurando el sacrificio de Cristo y la Eucaristía en un paisaje de Canaán magnificado."
Apogeo del paisaje clásico, esta obra fusiona el ciclo natural de las estaciones con la historia bíblica, simbolizando la madurez de la humanidad y la promesa divina a través de una iconografía monumental.
Análisis
Pintado entre 1660 y 1664 para el Duque de Richelieu, "El Otoño" pertenece al último ciclo de Nicolas Poussin, un verdadero testamento artístico realizado mientras la mano del maestro temblaba. El contexto histórico es el de la madurez del clasicismo francés, donde el paisaje ya no es un simple decorado sino un vehículo de sentido moral y metafísico. Aquí, Poussin ilustra un episodio del Libro de los Números: los enviados de Moisés regresando de la Tierra de Canaán con un racimo de uvas tan pesado que debe ser llevado entre dos.
En el plano mitológico y religioso, la obra opera una síntesis compleja entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El racimo de uvas es una prefiguración explícita de Cristo en la Cruz y del vino de la Eucaristía. Poussin, como "pintor-filósofo", utiliza el mito de la Tierra Prometida para evocar la búsqueda de la sabiduría y la culminación de la existencia. La psicología de la obra está impregnada de una serenidad grave: tras el vigor de la Primavera y el ardor del Verano, el Otoño representa la cosecha, pero también el declive necesario.
Técnicamente, Poussin utiliza un toque más libre y vibrante, característico de su última etapa. Se observa un estremecimiento en la representación del follaje y los cielos, lejos de la nitidez escultórica de sus obras romanas. La luz es dorada y cálida, típica de la temporada tardía, bañando el paisaje de una atmósfera melancólica. La paleta cromática está dominada por tierras de sombra, ocres y verdes profundos, equilibrada por el rojo y el azul de las vestiduras de los personajes.
Finalmente, la obra cuestiona el lugar del hombre en la Creación. Los personajes están integrados en una naturaleza que los supera. Las montañas al fondo y la vegetación exuberante forman un todo indisociable. Poussin no busca el realismo topográfico sino una verdad intelectual: el paisaje está construido como una arquitectura del espíritu. Cada elemento es una nota en una partitura musical silenciosa que busca elevar el alma del espectador hacia la contemplación del orden universal.
Un secreto bien guardado de este ciclo reside en la condición física de Poussin. Sus cartas de la época testimonian un temblor severo en la mano, que los expertos atribuyen hoy a la enfermedad de Parkinson. Sin embargo, esta "mano temblante" engendró una poesía visual nueva. Análisis radiográficos recientes han mostrado que Poussin simplificó sus formas respecto a sus bocetos iniciales, buscando la esencia más que el detalle.
Otra anécdota concierne a la adquisición por parte del rey Luis XIV. El soberano veía en estos paisajes no solo una proeza artística, sino una afirmación del orden político francés sobre la naturaleza. Además, un detalle discreto se esconde al fondo: una mujer llevando una cesta de frutas sobre su cabeza, figura que recuerda a las cariátides antiguas, vinculando así la escena bíblica al clasicismo grecorromano.
El misterio de la composición reside también en el uso de las sombras. A diferencia de sus obras de juventud, Poussin deja aquí zonas de sombra profunda e indeterminada, sugiriendo el misterio del futuro y de la muerte. El racimo de uvas fue pintado con lapislázuli mezclado con lacas rojas para darle ese tono púrpura profundo, casi irreal, subrayando su naturaleza sagrada.
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